Confiar

“¿Cómo mi hijo pudo decir eso?” “¿De dónde aprendió esas palabras?”

Como padres, estas preguntas pueden sorprendernos, dolernos e incluso preocuparnos profundamente. Sin embargo, más allá de enfocarnos solamente en las palabras de nuestros hijos, Jesús nos lleva a una reflexión más profunda: las palabras no aparecen de la nada; son el reflejo de lo que llena el corazón.

Con frecuencia nos alarmamos cuando escuchamos en nuestros hijos palabras groseras, de enojo, desprecio o inseguridad. Nuestra reacción inmediata suele ser corregir lo que dicen: “No hables así”, “Eso no se dice”. Pero este pasaje nos invita primero a mirar nuestro propio corazón antes de corregir únicamente sus palabras.

¿Qué están escuchando nuestros hijos en casa? ¿Qué reciben de nosotros en momentos de frustración, cansancio o enojo?

Cuando como padres decimos frases como “eres bruto”, “no puedes”, “siempre haces todo mal” o “no sirves para eso”, aunque después intentemos suavizarlas diciendo “lo dije sin intención”, la verdad es que esas palabras no surgieron accidentalmente. Salieron de algo que ya estaba dentro de nosotros. Muchas veces nuestras palabras son el fruto visible de heridas no sanadas, frustraciones acumuladas, enojo o dureza en el corazón.

Jesús deja claro que la boca simplemente revela lo que el corazón guarda. Por eso, más que preguntarnos solamente por qué nuestros hijos dicen ciertas cosas, necesitamos preguntarnos: ¿Qué hay en mi corazón que, cuando hablo, termina hiriendo a mis hijos?

Tal vez hay cansancio no rendido a Dios, heridas del pasado, amargura, presión o patrones aprendidos que nunca hemos confrontado. Y cuando eso permanece en el corazón, tarde o temprano se manifiesta en nuestras palabras.

Nuestros hijos son profundamente marcados por lo que les decimos. Las palabras de un padre o una madre pueden convertirse en semillas de identidad o en heridas profundas. Pueden formar seguridad o inseguridad; pueden afirmar o destruir. Lo que sembramos en sus corazones muchas veces se convierte en la voz con la que ellos mismos se hablarán en el futuro.

Por eso, este pasaje no solo nos llama a “hablar mejor”; nos llama a permitir que Dios transforme nuestro corazón. Porque el verdadero cambio no comienza en la boca, sino en lo que atesoramos dentro. Cuando Cristo sana nuestro corazón, nuestras palabras también comienzan a sanar.

Hoy vale la pena detenernos y preguntarnos:

¿Qué estoy guardando en mi corazón que se refleja
en la manera en que trato a mis hijos?
¿Hay enojo, frustración o heridas que necesitan ser rendidas a Dios?

Nuestros hijos necesitan padres que permitan que el Señor trabaje primero en ellos. Porque cuando nuestro corazón es transformado por Su gracia, nuestras palabras también pueden convertirse en fuente de vida, verdad y amor.

Que Dios nos ayude a cultivar corazones sanos, para que de nuestra boca salgan palabras que formen, afiancen y bendigan a nuestros hijos.

Oremos:
Padre Celestial, hoy te pido que tu Espíritu Santo examine mi corazón y me muestre qué he guardado en él que esté haciendo daño a los que me rodean; ayúdame a trabajar en lo que me muestres para que pueda tener un corazón limpio delante de ti. Te pido que me perdones por las veces que mis palabras hayan herido a mis hijos o a nuestra familia. Lléname de Tu amor, de Tu paciencia y de Tu verdad para que mis palabras edifiquen y no destruyan. Ayúdame a sembrar vida, identidad y esperanza en el corazón de todos los que has puesto a mi lado. Que mi boca refleje un corazón transformado por Ti. En el nombre de Jesús, amén.

Rodrigo & María Helena Cortés

Spiritual Care Coordinator

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