Es claro para nosotros que todos los seres humanos pecamos. Lo podemos confirmar en la Palabra de Dios en diferentes versículos, tales como 1 Juan 1:8 y Romanos 3:23. La gran mayoría de los seres humanos, creyentes o no, somos conscientes del pecado en nosotros y nos incomoda. No obstante, la gran mayoría de los seres humanos, creyentes o no, no somos conscientes de la magnitud de nuestros pecados. Son tantos, que nos cuesta enumerarlos, ni qué decir de confesarlos. Hacer un inventario de nuestros pecados cada día podría ser una tarea interminable.

En la antigüedad era peor, antes de que Dios entregara Su ley existía un sentimiento de incomodidad en algunas personas con algunas acciones, pero no existía la misma claridad que tenemos hoy en día sobre lo que constituye pecado. Cuando Dios nos entrega la ley, nos hacemos más conscientes del pecado y logramos entender que ese sentimiento de incomodidad que el pecado trae consigo, sucede porque nos separa de Dios (Romanos 3:23). Nos hace merecedores de la muerte (Romanos 6:23). Conocer la ley de Dios y ser más conscientes de lo que Él espera de nosotros, nos hace sentir como si el pecado estuviera en aumento, y lo está.

Romanos 5:20 En lo que atañe a la ley, esta intervino para que aumentara la transgresión. Pero, allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia

Romanos 5:20 nos enseña que “La ley de Dios fue entregada para que toda la gente se diera cuenta de la magnitud de su pecado”. Sin la ley de Dios, solo unos pocos conocían realmente la magnitud del pecado. En la versión Reina Valera de 1960, vemos que se usan las palabras: “la ley se introdujo para que el pecado abundase”. Pero ahí no se quedan las cosas, a punto seguido, Dios nos entrega una promesa maravillosa que nos llena de esperanza: “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”.

Desde la caída de Adán y Eva, en el mundo siempre ha abundado el pecado. Nosotros nacimos siendo pecadores y en nuestras vidas abunda el pecado. No obstante, tenemos que saber que ahí donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia. La gracia salvadora, eterna, infinita e inmerecida de Dios. No todo está perdido, tenemos una esperanza. Nosotros lo sabemos, estamos seguros de la gracia de Dios que sobreabunda en nuestras vidas y ahora es tiempo de ir y anunciarlo a los demás. El mundo se cae a pedazos por causa del pecado y mientras las personas buscan desesperadamente una salida a sus angustias, nosotros seguimos en la comodidad de nuestra salvación. El mundo tiene que saber que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Que Cristo murió para que nosotros fuéramos perdonados y que en nuestra vida sobreabundara la gracia.

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