En algunos lugares se utiliza la palabra “faltón” para referirse a una persona que promete algo y no lo cumple. Es alguien cuya palabra pierde valor porque no coincide con sus acciones.

En este pasaje del Sermón del Monte, Jesús enseñó algo muy profundo acerca del poder de nuestra palabra. Él anima a sus seguidores a no necesitar juramentos ni promesas elaboradas para convencer a otros. En cambio, nos llama a que nuestra palabra sea sencilla y verdadera: que nuestro “sí” sea sí, y nuestro “no” sea no.

En tiempos antiguos, la palabra de una persona tenía un valor enorme. Muchas transacciones, acuerdos y compromisos se hacían simplemente con un apretón de manos. La credibilidad de alguien estaba ligada directamente a su carácter. Su palabra era suficiente.

Hoy vivimos en una cultura donde muchas veces esto ya no es así. Contratos largos, promesas que se rompen con facilidad y compromisos que se olvidan rápidamente han debilitado la confianza entre las personas.

Por eso en nuestras familias, tenemos una oportunidad valiosa de enseñarles el valor de nuestras palabras a nuestros hijos a través del ejemplo; cuando cumplimos lo que prometemos, cuando hablamos con honestidad y cuando aprendemos a decir “no” con claridad cuando no podemos comprometernos, estamos formando en nuestros hijos un carácter que honra a Dios.

También podemos modelar este principio en la vida diaria de maneras sencillas pero significativas. Por ejemplo, si prometemos jugar con nuestros hijos o pasar tiempo con ellos, procurar cumplirlo o explicar con honestidad si surge un cambio. También demostramos el valor de la palabra cuando llegamos a tiempo a los compromisos familiares, mostrando que respetamos lo que acordamos, y cuando cumplimos con amor y consistencia las consecuencias o acuerdos establecidos en casa. Incluso cuando cometemos un error o no logramos cumplir algo prometido, reconocerlo y pedir perdón se convierte en una oportunidad para enseñar humildad, responsabilidad e integridad.

Que en nuestros hogares cultivemos una cultura donde la palabra tenga valor, donde nuestros hijos aprendan que decir la verdad y cumplir lo que se promete refleja el corazón de Cristo en nosotros.

Reflexión:
¿Qué cosas pequeñas podemos hacer en nuestro hogar durante esta semana para demostrar que nuestra palabra es confiable?

Oremos:
Padre Celestial, gracias porque Tú eres un Dios fiel que siempre cumple lo que promete. Ayúdanos a ser personas íntegras, cuya palabra refleje verdad y responsabilidad. Danos sabiduría para modelar a nuestros hijos el valor de la honestidad y el cumplimiento de nuestros compromisos. Que en nuestros hogares aprendamos a decir “sí” y “no” con sinceridad, y que nuestras acciones respalden nuestras palabras. En el nombre de Jesús, amén.

Rodrigo & María Helena Cortés

Spiritual Care Coordinator

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